Arar el cabello
Tercer premio en la Cuarta edición del Concurso del Escritor de Substack
Este cuento es una edición del relato que obtuvo el tercer premio en la Cuarta edición del Concurso del Escritor de Substack.
Palabras: 458.
Puedes leer la versión original, de 420 palabras, aquí: Arar el cabello - by Roberto, Hed, and Chus Recio
Autora: Hed, o sea yo.

El moho es una forma de insistencia, como los pensamientos que se nos quedan pegados en el cuerpo. El sofá de nuestra casa era amarillo, un hermoso y vibrante color amarillo; fue el primer mueble que compramos cuando nos embarazamos de Lucía. Aún conserva algo, aunque no sabría decirte exactamente qué.
A veces pienso que los caminos por encima de la nuca son microuniversos. No le he dicho esto a Lucía porque suena a locura; y hoy, con la casa oliendo a lluvia de anoche, quizás lo es.
En la cocina, el agua del lavaplatos se siente como un pedazo de hielo que me muerde los dedos. El frío del suelo sube por mis talones mientras seco mis manos con el trapo de cocina y me dirijo a la sala, buscando el calor del cuerpo de mi hija.
Lucía me espera sentada en una estera, de espaldas al sofá. Me acomodo detrás de ella y empiezo a separar su cabello, esa selva negra de pensamientos molestos, como ella misma ha decidido llamarlo.
—¿Y qué tal esos pensamientos hoy, Lucía? —le pregunto mientras divido el primer mechón.
—Dicen que algo se comerá mi cerebro —responde ella, sin moverse—, pero no me preocupa, porque leí que el rey de la selva ayuda a todos.
Suelto una sonrisa contra su nuca. Introduzco la liendrera y el acero me devuelve un tirón seco; el pelo no cede y sé que será una larga hora de dolores musculares. Aun así, sujeto el peine con delicadeza; es importante ser paciente1.
No quiero lastimarla, pero ella me pide rapidez, así que humedezco su cabello y continúo abriendo paso en esta selva. Siento la vibración de cada hebra cediendo, el roce sordo del acero que viaja desde su universo a mi muñeca; avanzo con un ritmo suave, pero no encuentro nada. El metal sale limpio, brillando bajo la luz que entra por la ventana.
—Aquí no hay nada, hija. —Estás limpia —le aseguro.
—Busca bien, mamá. Lo vi en tu teléfono, decía que todas lo tenían, deben estar ahí.
Paso el peine una vez más, sección por sección, de la raíz a las puntas. Enredo mis dedos en sus pequeños rizos, sintiendo la humedad en mis huellas y los cabellos que entran en mis uñas; inspecciono cada rincón, pero no encuentro rastro de piojos.
—Hija, déjame ver esa publicación. No encuentro nada —le pido finalmente.
Ella me entrega la pantalla. Mis ojos recorren la descripción de un video hasta que doy con la frase: “Aunque tratemos de ocultarlo, todos tenemos algo de pijos en nosotros”.
—Pijos, hija. Dice pijos —le explico, conteniendo la risa.
Me río, y ella guarda silencio. No suelto el peine. Continúo arando su cabello un rato más. Creo que ambas estamos tranquilas.
Una vista a mi mente, fragmento que se borró: Respecto a la paciencia, no tengo mucho que contarte. Pienso en su padre, que salió esta mañana con este frío; pero no me preocupa, como dice Lucía, el caribe siempre vuelve a ser tibio, hay que esperar no más.

